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Publicado: 28/03/2010
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Fuente: La Capital

El volcán Lanín es la estrella, pero no la única dentro del parque nacional. Lagos, valles y montañas completan la constelación que puede observarse desde los refugios ubicados en su masa rocosa cargada de las nieves eternas. Desde la cumbre se avistan los volcanes Llaima, Villarrica, Quetrupillán, Osorno y el cerro Tronador; también los lagos Tromen, Quillén, Huechulafquen y Paimún.

   El ascenso comienza luego de recorrer 60 kilómetros desde Junín de los Andes, por la ruta que conduce al paso fronterizo conocido como Tromen o Mamuil Malal. Hacer cumbre es parte de la aventura. Los macizos rocosos brindan a cada paso innumerables detalles que embriagan, que justifican la decisión de recorrerlos de forma natural, sin el aporte mecánico, sólo con la tracción a sangre. Es posible que la descripción parezca exagerada para quienes no han vivido la atrapante experiencia de integración con la naturaleza. Naturaleza que está ahí, ofrecida para ser explorada, recorrida, admirada y estimada. La idea es integrarse, sentirse parte de ella, reconocerla, saber de nuestra pertenencia, no contrariar las leyes naturales, destruyendo la armonía que el planeta ha construido durante millones de años.

   El volcán Lanín se encuentra en la provincia de Neuquén, 3776 metros sobre el nivel del mar lo hacen imponente en el contexto de su hábitat, se yergue afable, invita a recorrer su espalda, sus dorsales, sus espinas, sus laderas y lo hacemos con respeto, casi acariciando la nieve que se pisa, que cruje a cada paso de fuertes botas ataviadas de grampones y polainas. El trayecto es largo, el plano inclinado de sus paredes reclaman prudencia, preparación, resistencia física y mental y además una condición sine quanon: ir acompañado de un guía profesional habilitado.

   Estamos ansiosos, pero medimos nuestros sentimientos, guardamos expresiones porque lo que vendrá será aún más intenso. Cumplimos con los postulados, seguimos las indicaciones y, cuando nuestro guía anuncia la partida, allá vamos. La vista nos engaña, pareciera que el objetivo está allí, asible, al alcance de la mano, sin embargo el ascenso recién comienza, los músculos se tensan, pero de a poco esa sensación se disipa, logramos armonía y envueltos en la belleza del paisaje somos todos admiradores y estamos sorprendidos en nuestra buena fe.

   Un bosque de lengas de copas abiertas, algunas flores de amancay dejan ingresar la luz del sol, observan nuestro paso, oyen los diálogos a medida que nos desplazamos por una angosta senda, veinte minutos de marcha pisando la hojarasca y a la salida de la vegetación, está él, magnífica imagen bajo el cielo azul.

En ascenso

De ahora en más caminaremos en constante ascenso por la denominada "espina de pescado" a nuestros pies lo que fuera alguna vez lava volcánica, si fuese cierto que tuvo actividad, su color oscuro sin brillo invitan a la conjetura.

Luego de dos horas realizamos la primer parada para recuperar algunas proteínas y vitaminas, lo logramos ingiriendo parte de las provisiones y líquidos. Retomamos el camino y pasadas tres horas de gran esfuerzo desplazándonos sobre nieve, llegamos al refugio RIM (Regimiento de Infantería de Montaña) a 2325 metros sobre el nivel del mar, en el mismo pueden hacer noche un máximo, bien apretado de 18 personas, nuestra sorpresa fue que entre los que habían llegado y nosotros superábamos los 25 aventureros, incluidos los guías. Marcos Socolovsky, responsable de nuestra expedición cediendo su lugar decidió dormir al aire libre (vivac), nosotros —ante su extrañeza— lo seguimos en su idea.

   La tarde (evening) se presentaba majestuosa, sólo una brisa, cielo despejado que anticipaba una noche de estrellas, satélites y la luz incandescente de la luna. Cada uno con su bolsa de dormir, acorde a la demanda, desarmamos los bártulos, liberamos la superficie de las piedras más voluminosas, desenrollamos los aislantes, protegimos las mochilas y metidos en los sacos recuperamos parte de la energía invertida el día anterior.

Día festivo

A las 2.30 am, fue el anuncio de lo que sería un día festivo, para lograrlo deberíamos ascender 1451 metros sobre el nivel del mar seis horas aproximadamente de marcha, en el tramo más difícil, si bien era 4 de diciembre, días anteriores la nieve bañó las laderas, por lo tanto sobre ella transitábamos, lentamente, con detenciones temporarias, a los 3000 metros sobre el nivel del mar las fuerzas no eran las mismas y aún quedaba un tramo similar, replanteo, dudas, pero estábamos cerca, nos habíamos preparado durante más de un año, nos sometimos a un duro entrenamiento, en esta parte es mental, resistencia anímica y convencimiento de las posibilidades, el cuerpo existe no está escindido, cuerpo y alma para llegar a la precumbre, donde se erigen torres, promontorios de hielo y luego la cumbre, parece ficción, sin embargo llegamos, algunos lagrimeamos, se nos quiebra la vos, no hay suficientes palabras para describir la emoción y eso es fantástico, porque somos un punto en tanta inmensidad.

Pero con la inestimable oportunidad de ver desde esa atalaya natural lo bello que es nuestro planeta y dentro de él, nuestro país.

   Diego Castaño, su hermano Sebastián, Gustavo Ortolani y quien escribe esta nota, desandamos luego el ascenso, regresamos deslizándonos sobre la nieve (culipatín) y luego caminando hasta dónde nos esperaban con bebidas frescas y algunos alimentos para realizar un festejar. El objetivo totalmente cumplido.

Fuente: La Capital
http://www.lacapital.com.ar/ed_turismo/2010/3/edicion_75/contenidos/noticia_5121.html


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