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Publicado: 02/01/2011
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Fuente: Página 12 Turismo

Un viaje al pueblo de Villa Pehuenia, en el norte neuquino, al pie del volcán Batea Mahuida y a orillas del lago Aluminé. A salvo del turismo masivo, crónica veraniega en medio de un romántico paisaje con playas de arena blanca, la silueta del volcán Batea Mahuida e increíbles valles que se recorren a caballo y en 4x4.

Villa Pehuenia es una idílica aldea cordillerana del norte neuquino, con calles de tierra y casas desperdigadas semiocultas entre la vegetación alrededor del lago Aluminé. Sus barrios se levantan en lo que serían las gradas de un gran anfiteatro de montañas, en torno del lago, que ocupa el lugar ideal de un escenario central. Con más de dos décadas de existencia, Villa Pehuenia se consolidó como villa turística cuando los pescadores con mosca –esos buscadores de sitios silenciosos con belleza virginal– comenzaron a levantar casas de fin de semana alrededor del lago.

Un aspecto que subrayan los viajeros en Villa Pehuenia es que el lugar tiene lo necesario para una estadía confortable y, al mismo tiempo mantiene su encanto original, ya que la falta de caminos de asfalto resguarda al pueblo del turismo masivo y el crecimiento desproporcionado. Al recorrer las calles en plena temporada estival da la sensación de que Villa Pehuenia igual está vacía, algo que no ocurre en otros destinos más clásicos de la Patagonia andina. Por otra parte, el paisaje con islitas en medio del lago y pronunciadas laderas volcánicas está matizado por estilizadas araucarias que le otorgan una vida muy particular a este ambiente patagónico, donde conviven todavía los rasgos áridos de la estepa con los primeros bosques andinos.

La cumbre del volcán

La excursión más deslumbrante que parte desde Villa Pehuenia es la que llega a la cumbre del volcán Batea Mahuida, un paseo que se puede hacer en una cabalgata organizada por miembros de la comunidad mapuche Puel; con auto propio –no necesariamente doble tracción– o también contratando una excursión en 4x4. En nuestro caso partimos en camioneta todo terreno desde el centro del pueblo para ingresar a los 10 minutos a las tierras de la comunidad Puel (se paga una entrada de $10), que gestiona allí el parque de nieve Batea Mahuida.

Arrancamos temprano en la mañana con buena estrella para las fotos: la noche anterior había nevado a destiempo, como a veces ocurre ya entrado el verano, y las cimas montañosas estaban cubiertas de blanco. Unos manchones de nieve purísima nos aparecían al paso y la bruma del amanecer flotando al ras de tierra le imprimía al paisaje un aura misteriosa.

La camioneta avanzaba por la ladera con una inclinación de 45 grados, mientras la niebla tapaba medio tronco de las araucarias. Y cuando ganamos cierta altura vimos detrás de nosotros un panorama similar al que ofrece la ventanilla de un avión cuando las nubes están debajo, con la diferencia de que aquí sobresalían entre los colchones de algodón las copas aparasoladas de las araucarias.

La bruma comenzó a elevarse con los primeros rayos de sol y de repente asomó con nitidez el pico blanco radiante del volcán Lanín sacándoles varias cabezas a sus compañeros de la cordillera. Por momentos las nubes volvían a cubrirlo y el viento se ocupaba de correr y descorrer el velo de belleza montañosa.

Mientras el vehículo pasaba junto a unos bosques centenarios de araucarias, el guía y chofer Antonio Catalán nos contó que algunos turistas suelen preguntarle: “¿Y los indios dónde están?”. A lo que él responde que tienen uno justamente frente a ellos, al volante de la camioneta. Y agrega que en su comunidad mapuche se elige al cacique por votación, un jefe que también se convierte en el gerente del centro invernal Batea Mahuida.

En apenas diez minutos llegamos a la cima del volcán para observar una muestra del paisaje andino patagónico en su máxima expresión. Desde lo alto vemos los lagos Aluminé y Moquehue, conectados por un breve río, y los volcanes Lanín, Villarrica, Llaima, Sierra Nevada, Lonquimay, Tolhuaca y Copahue. Y al final de un precipicio que se abre a nuestros pies brilla la laguna color esmeralda de la caldera del volcán. El guía no aclara que el Batea Mahuida no tiene cráter porque explotó desde su base misma, hace 7000 años, perdiendo así su forma cónica.

Paso del arco

La excursión en 4x4 al Batea Mahuida es intensa y variada, pero corta; por eso se la puede combinar con un paseo al Paso del Arco. En el camino pasamos por terrenos donde los veranadores llevan a pastar sus chivos y ovejas. Los veranadores son toda una tradición del norte de Neuquén: grupos familiares trashumantes que en verano se instalan en las montañas de Villa Pehuenia –”las tierras altas”– y con la primera nevada parten hacia “las tierras bajas”. En total hay unos 40 grupos trashumantes, la mayoría de la zona de Zapala –aunque algunos vienen desde más lejos– que viajan hasta Villa Pehuenia a caballo con 200 o 300 animales, ayudados por perros ovejeros. Tardan tres o cuatro días y luego se instalan en unos precarios refugios de troncos, viviendo prácticamente a la intemperie. Durante nuestro paseo vimos cada tanto un arreo en la lejanía.

La camioneta se interna por terrenos complicados y el guía la exige al máximo cruzando pequeños arroyos. A veces, cuando la cosa se complica, se baja del vehículo, estudia el terreno y decide seguir adelante o dar marcha atrás. Y nos cuenta que es preferible no confiarse, porque ya le pasó una vez que andaba por esta zona aprendiendo a conducir en la montaña cuando se cruzó con su abuelo a caballo, quien con sabiduría de viejo mapuche le dijo: “No te metas por ahí que te vas a quedar en el vado”. Confiado en la fuerza de los motores, Antonio le contestó que no se preocupara, “que yo tengo 400 caballos de fuerza en esta camioneta”. Pero dicho y hecho, el vehículo se empantanó. Al rato apareció el abuelo y sin desmontar le preguntó desde la altura: “¿Dándoles de beber a los caballos?”.

La camioneta sube las montañas a campo traviesa con rumbo norte hasta la Laguna Corazón, un extraño lugar al pie del volcán con aguas rodeadas por un círculo casi perfecto de esbeltas araucarias. Por ser poco profundas las aguas son cálidas, y nos damos entonces un baño refrescante.

Más adelante atravesamos pampitas de altura hasta un paraje donde nace un arroyo. El sitio es muy extraño –generalmente no se ve dónde nacen los ríos– ya que el agua brota de una pequeña pared de pedregullo filtrándose desde el corazón de la montaña. Todos nos agachamos a juntar agua entre las manos para beber un líquido de pureza elemental. La siguiente parada es en un hito de acero en medio de la nada, en lo alto de un cerro, que marca el límite entre la Argentina y Chile.

Bahia de los sueños

La principal novedad de este verano en Villa Pehuenia es el centro de descanso y turismo activo llamado Bahía de los Sueños, ubicado frente al pueblo en la margen opuesta del lago. La propuesta es variada, ya que por un lado se puede llegar en vehículo propio (son 26 kilómetros), en una combi gratuita o navegando en una lancha colectiva que cruza todos los días el lago Aluminé. Una vez allí se abre un abanico de alternativas, que tanto permiten alojarse en el lugar como simplemente pasar el día. Lo más interesante de Bahía de los Sueños son sus bosques puros de araucarias, que se recorren con un trekking guiado, a caballo, en mountain bike o en cuatriciclo. El punto más alejado de estos circuitos incluye siempre alguna elevación para observar el lago completo rodeado de volcanes. Y en el trayecto se visita también una araucaria gigante de 600 años.

Campamento de aventura

Junto al lago Moquehue, a 23 kilómetros de Villa Pehuenia y dentro de la Reserva Natural Pulmarí, se encuentra el camping de montaña Trenel, un centro de turismo aventura donde se hacen salidas en kayak, saltos en canopy y trekking por el bosque. Se lo puede visitar en el día desde Villa Pehuenia, alojándose en la vecina localidad de Moquehue o incluso durmiendo en el camping. Pero una visita en el día permite realizar las principales excursiones.

El canopy, una actividad cada vez más difundida en la región cordillerana, consiste en lanzarse colgado de un arnés con el sistema de tirolesa entre un árbol y otro. El de Trenel tiene cinco estaciones que unen la copa de altos pehuenes y coihues sobre la ladera de una montaña que cae a pique en el lago. Después del canopy, que dura dos horas, se puede almorzar en el restaurante del camping, disfrutar de una siesta a la sombra de los árboles y finalmente emprender un trekking por el bosque. Pero la excursión más placentera es sin duda la salida en kayak por el lago.

Junto al lugar donde comienza la excursión en kayak surge una islita rocosa con una araucaria solitaria que parece el clásico dibujo de las historietas de náufragos. El kayak es del tipo sit on top, en el que el cuerpo queda fuera y por sobre la embarcación, ideal para principiantes. Muy estable, flota con apenas cinco centímetros de agua. Al avanzar sobre la transparente superficie la sensación es la de volar sobre una silenciosa alfombra mágica que proyecta su sombra en el fondo del lago.

Por momentos, vemos a las truchas pasar como rayos plateados bajo la embarcación. Cuando nos cansamos de remar nos recostamos en el kayak como si fuera una reposera, para dormir una siesta a la deriva. Entonces volvemos a remar, explorando los recovecos del gran espejo de agua que refleja invertidos los picos nevados de las montañas. Por último, en una playita de arena nos damos un chapuzón y así se nos va la tarde, entre mates y avistaje de fauna autóctona, la feliz habitante permanente de este mágico paisaje de agua y montaña.

Fuente: Página 12 Turismo


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