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Publicado: 18/04/2010
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Fuente: Clarín Turismo

De Bahía Bustamante a Puerto Deseado, una fascinante travesía por la costa patagónica. La fauna en todo su esplendor.

Al final, como sucede con aquellas cosas a las que el tiempo reverencia, la historia se hizo leyenda. Recuerda la memoria que un andaluz llamado Lorenzo Soriano llegó en 1953 a un confín de las costas patagónicas al que se conocía como "bahía podrida", en alusión al olor que producía la acumulación en la orilla de algas en estado de putrefacción. Desolado y olvidado por la civilización, el sitio era tal como el español lo había imaginado cuando alguien, en Buenos Aires, le confiara el secreto de ese lejano litoral. Según cuentan, el viejo Soriano recorrió la extensa playa, una y otra vez, hasta pararse de cara al mar, justo al atardecer. Y entonces decidió quedarse allí para emprender su propia aventura.

Casi sesenta años han pasado de aquella historia. En Chubut, hoy esa vieja bahía lleva el nombre de Bahía Bustamante y se ha convertido en parte esencial de la llamada Ruta Azul, un corredor turístico patagónico que tiene a la Ruta 3 como eje y recorre 500 km de costas desde el sur de Chubut hasta el norte de Santa Cruz. Recorriendo la geografía chubutense en una camioneta, dejo atrás el pavimento y 30 km de ripio me llevan hasta la nostálgica Bahía Bustamante. Pese a la vasta geografía que la rodea, en la actualidad la bahía no parece olvidada ni desolada ya que se levanta en sus orillas el pueblo fundado por Soriano. "Mi abuelo vino con la idea de utilizar las algas para la fabricación del fijador de cabello Malvik, que era muy utilizado en esa época. Cuando decidió quedarse, comenzó la explotación y armó un pueblo en torno a ella en el que vivían, esencialmente, los trabajadores algueros", cuenta Matías Soriano, nieto del viejo Lorenzo y principal encargado de llevar adelante los destinos de este lugar de unos 40 habitantes.

A caballo de su historia hecha mito y de su maravillosa geografía, Bahía Bustamante se ha convertido en un atractivo turístico que recibe visitantes en forma regular. Unas cuantas cabañas bien acondicionadas sirven para el alojamiento de los viajeros, muchos venidos desde Europa, según atestiguan las firmas del libro de visitas, sobre una mesa del salón comedor.
El almuerzo consiste en un exquisito guiso de guanaco patagónico salteado con cebollas rojas, y una lenta y digestiva caminata por la orilla hacen de perfecto prólogo para una navegación a la que me invita Matías, a bordo de una lancha. Junto a otros seis pasajeros salimos de un pequeño apostadero montado en una ría y enfilamos hacia la Caleta Malaspina, separada de la bahía por una península llamada Gravina. Tras las nubes de la mañana, la tarde empieza a despejarse y el sol castiga sin miramientos, especialmente a un francés de cabeza rapada que lamenta no haber llevado su gorro.

De pronto, Matías baja el ritmo del motor y nos dice que miremos hacia unos islotes rocosos. Allí, sobre las piedras, cientos de gaviotines levantan vuelo y nos rodean, en un aleteo ruidoso y fascinante. Sin tiempo para treguas, pone proa hacia otro islote donde decenas de lobos marinos vociferan de cara a un oleaje desafiante mientras unas cuantas gaviotas de Orlog –inconfundibles por su cola negra– zigzaguean veloces sobre el agua y una hilera de pingüinos de Magallanes desciende al mar por una larga lengua de arena en forma de playa.A esa altura, los ojos ya no alcanzan y uno cree que la memoria no podrá atesorar todo aquello, para ponerlo a salvo del temido olvido. Entonces, habrá que esperar para comprobar que las fotos hayan salido bien.

La tierra del petróleo

Desde Bahía Bustamante, y tras desandar aquel largo camino de ripio, la ruta 3 lleva directamente hacia Comodoro Rivadavia. Son 180 km hacia el sur, en dirección paralela al final de la vieja ruta 1 que atraviesa la casi totalidad de la provincia por su margen costera. Prácticamente en desuso, esa arteria se utiliza hoy como una alternativa turística para llegar a Punta Tombo, Cabo Raso o Camarones.

Con una población de casi 200 mil habitantes, Comodoro Rivadavia es una de las ciudades más importantes de la Patagonia. Aquí, en diciembre de 1907 y en forma accidental, se descubrió petróleo por vez primera en la Argentina, convirtiéndose en la "capital nacional del petróleo".
Mientras disfruto del desayuno en el tradicional hotel Austral (su restaurante, el Tonet, figura entre los mejores de Comodoro), preparo mentalmente el itinerario del día. Lo cumplo obedientemente: trepo los 212 metros del cerro Chenque para admirar las magníficas vistas de la ciudad, y camino después por la franja costera hasta el Museo Nacional del Petróleo (exhibe maquinarias utilizadas por los pioneros petroleros a comienzos del siglo XX). Por último, subo a otro cerro, esta vez el Arenales, para contemplar el Parque Eólico Antonio Morán, uno de los más grandes de Sudamérica con sus 18 molinos de 40 metros de altura soplando energía sobre la inmensa estepa.

Un santuario natural

A 200 km al sur de Comodoro, y ya en la provincia de Santa Cruz, Puerto Deseado aparece como una pequeña joya patagónica. Construida sobre un promontorio, la ciudad está orillada por la ría Deseado cuyo curso se formó por la sumersión de la margen litoral de una antigua cuenca fluvial. De algo más de 40 km de largo, la ría recicla sus aguas cuatro veces al día, ya que el mar entra y sale de ella cada seis horas. Este fenómeno la hace única en América del Sur y favorece el desarrollo de una avifauna marina de rica diversidad.Para llegar allí, buscando ese santuario de aves y animales patagónicos viajé hasta un pequeño paraje llamado Fitz Roy, para torcer luego hacia el sudeste por la ruta 281 que finaliza su pavimento en Puerto Deseado.

Lo mejor será entonces tomar una de las excursiones para navegar las aguas que rodean a Puerto Deseado, incluyendo la ría y más allá. La mañana despierta cuando, a bordo de una lancha con capacidad para veinte personas, partimos hacia la isla Pingüino, uno de los sitios más increíbles de estas costas. "No hay nada que se le compare", asegura un español que hizo el viaje tres veces.
A los quince minutos de navegación mar adentro, distinguimos el perfil de este islote rocoso, sobre el que apenas se dibuja un faro de paredes óxidadas. Las olas golpean cada vez con más fuerza en el casco de la lancha, el distante perfil comienza a crecer. Y también la ansiedad.
Tras desacelerar, nos aproximamos lentamente hasta la costa de la isla, donde un par de decenas de pingüinos de Magallanes se zambullen al mar, atemorizados por varios "skúas" que los sobrevuelan amenazantes.

En silencio, amarramos la lancha y bajamos a la isla, zigzagueando entre cientos de animales que parecen ignorarnos. Allí, a un par de metros de donde los espío, tres pájaros ostreros se desdibujan contra las piedras. Algo más allá, unos cuantos lobos marinos descansan al sol en una playa de escasas arenas y varios cormoranes marcan con su vuelo el rumbo de lo que creo es una tonina overa, saltando sobre aguas algo distantes. Detrás del faro, ubicada justo en la margen opuesta a la que dejamos la lancha, una enorme colonia de pingüinos de Penacho Amarillo se muestra curiosa ante nuestra presencia y nos regala una experiencia fascinante y fotos inigualables.De regreso de la isla, pensando en las aves y los animales que todavía nos esperan en la ría cuando la naveguemos, intento en vano abarcar con mi vista la totalidad de esa geografía virgen. A mi lado, el español también se pierde con su mirada en el horizonte. Imagino que debe estar soñando con volver, una vez más, hasta este confín de fantasías. Y comparto con él ese sueño por regresar.

Fuente: Clarín Turismo
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2010/04/18/v-02183060.htm


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