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Publicado en 13/09/2009 Fuente: La Nacion Turismo |
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En Neuquén, una villa encantada y rodeada de montañas sirve sus mejores platos con un ingrediente legendario
Crocantes, los piñones son los frutos sagrados de las araucarias o pehuenes y le dieron nombre a Villa Pehuenia, pueblo encantado y rodeado de montañas en el centro oeste de la provincia de Neuquén.
La cocción del piñón forma parte de los saberes milenarios y las recetas mapuches. Se hierven durante dos horas, luego se pelan, se tuestan y se muelen para lograr una harina con la que se hacen unos alfajores que son el perfecto souvenir de la villa.
Tostados, los comen también los niños en las escuelas y en el camión que los lleva hasta sus casas cuando baja el sol. El transporte pasa por el puente de madera que une, a través del río La Angostura -pequeño, hermoso-, los lagos Moquehue y Aluminé. Y el rebaño de ovejas vuelve a los corrales de las familias mapuches de la península de la Reserva de las Cinco Lagunas, donde viven solas, al cuidado del paraíso.
A la izquierda de la ruta vive la comunidad mapuche. A la derecha, los descendientes de pobladores neuquinos o los argentinos o extranjeros que llegaron en busca de un lugar en el mundo. En Villa Pehuenia las calles no tienen nombre, por eso hay que seguir los carteles y perderse sin preocuparse por el tiempo.
El piñón fue la estrella en la última edición del Festival del Chef Patagónico, en otoño pasado. En esa oportunidad se probó como puré, para lo que se cuece, se pela y se muele. Y se lo vuelve a cocer durante diez minutos, agregándole aceite y cebolla picada. No es un fruto fácil de roer. Recién cosechado o recogido, es imposible comerlo por su dureza.
La preparación de piñones puede hacerse por medio de un proceso de tostado, hervido o fermentado. Con el piñón tostado y molido se logra la harina de los panes, alfajores, pastas. Por último, el piñón fermentado es la base de la producción del muday o chicha. También se pueden mezclar en un salteado con los hongos cultivados sobre troncos de álamo del productor local Jorge González. O se vuelven licor en las manos de su colega María Teresa Stowhas de Moquehue. O jalea o pasta dulce untable. Todas estas recetas se consiguen en la villa, donde se publica el periódico departamental El Piñonero.
Hermosas lagunas naturales sorprenden al caminante entre las casas de Villa Pehuenia, donde no hay restaurantes de lujo, pero sí lugares para probar comida casera bien hecha y encontrar este tipo de hallazgos que preservan productos y tradiciones milenarias que de otro modo se perderían irremediablemente.
Como los pickles que elabora Mónica Spiccia y que se derraman sobre su exquisito pan casero. Junto con Walter Rodegher, posee desde hace siete años la hostería de doce habitaciones El Paraíso, donde sirven un té de cuento de hadas. Son 18 recetas todos los días, con dulces caseros, tes especiales y una comida que se vuelve cena.
Dicen que Nguenechén, el dios mapuche, hizo crecer los pehuenes. Al principio no se comían. Pero después de una gran hambruna apareció un anciano frente a un joven que regresaba a su tribu con las manos vacías y le dio una buena nueva: el pehuén era comestible una vez cocido. Desde entonces cosecharon gran cantidad de frutos de la araucaria y los guardaron bajo tierra para que se mantuvieran frescos. Hasta la próxima cosecha o hasta el próximo festival de cocina.
Fuente: Silvina Beccar Varela - Para LA NACION Turismo
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1173617
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